Algo sabían los demás que yo no intuía. Esa mañana fue
diferente a otras mañanas, como que el sol era más brillante y una emoción me
invadía sin saber bien por qué, era como aquellas mañanas previas a mi
cumpleaños pero sin preparativos de pastel o fiesta. Simplemente iría por
primera vez a la escuela, al Kinder.
No tengo claro si se hubiera platicado previo a ese día de
mi ingreso a la escuela, más si era consiente que al día posterior al que no
había nada en la televisión más que un señor hablando en los dos canales que
transmitían por aquella televisionsota blanco y negra Philco, mis hermanas Chuchy, Kiki y Coco regresaban a la escuela, después
de un largo periodo en el que estábamos todos juntos en la casa, y días antes
ya habían comenzado a preparar sus mochilas y toda la casa olía a plástico para
forrar libros que se compraba por metros en Telas Viva y las libretas se había
comprado por cantidades industriales en la Delta, muchas libretas marca Triunfo
color rojas con un barco, con un espiral metálico o bien otras engrapadas con
no más de 25 hojas marca polito y cuyas portadas tenían dibujos de caricaturas
bonitas… bueno a sí me parecían en aquel entonces. Eso era una fiesta para mis
hermanas.
Mi mamá dejaba a Paty y a Beto dormidos mientras ella y yo
llevábamos a mis hermanas a la escuela Modelo, a Coco la llevaba a otra escuela
llamada Eufrasia Pantoja, un día no se bien por qué, recuerdo que me empeciné
en que me quería quedar en la “escuela” (lo entrecomillo pues en ese momento no
sabía que era eso o esa palabra englobaba un mega edificio de cantera rosa con
un portón ovalado en su parte superior y donde permanecían varias horas mis
hermanas, hasta que mi mamá, nuevamente pasaba a por ellas), pues bien,
recuerdo a mi mamá, imagino que apenada, pedía permiso de que yo me quedara con
mi hermana en su salón, pues yo quería
quedarme ahí: recuerdo bien que mi mamá me preguntaba con insistencia: “Nene,
te quieres quedar aquí?” a lo que yo le decía que sí. La maestra aceptó y yo me
quedé. Recuerdo también que mi mamá fue a la hora del recreo a llevar las
tortas a mis hermanas, luego sabría que dos horas y media después y me volvió a
hacer la misma pregunta a lo que respondí que sí… mentiría si dijera que me
quedé al final o no, la verdad se escapa a mi memoria, lo que si recuerdo es
que la maestra que ese día supe se llamaba Herminia, un nombre igual de extraño
que Eufrasia, me puso a hacer “bolitas y palitos” en una libreta marca polito.
Mi primera actividad en un salón de clase. Nunca olvidaría ese día y menos el
ligar del salón, pues fue donde yo cursé el cuarto de primaria.
La mañana que me estrené como estudiante fue muy diferente,
mis hermanas ya no estaban en casa, pues ellas entraban a las 8:00 y yo entraba
una hora después. Era distinta pues ese día mi papá se quedó a desayunar, y la
verdad no era muy frecuente eso. Pues bueno, yo portaba un pantalón negro y una
playera con cuello color blanco, la indumentaria se complementaba con un babero
azul, pero creo que ese día no lo llevaba. El cambio total de ese día fue que
lucí aun pelo corto, como nunca antes, que yo recordara lo tenía, un pelo
corto, de rayita a un lado: “Casquete natural”, le decía mi papá a don
Felipito, el peluquero que estaba a una cuadra de la casa en que vivíamos,
justo en el lugar donde se paraba la “Ruta 11”.
Pues bueno, Ya estaba
yo, peinado con limón, con mi ropa y zapatos nuevos y antes de salir de la casa
mi papá me dio un objeto raro que nunca había visto antes, era como una tabla
cuadrada negra y rugosa, era un portafolios delgadito con un cierre alrededor
que tenía en su interior varios compartimentos y en él había un cuaderno, un
lápiz, un sacapuntas, al dármelo me dijo: Tenga linceciado… te esperamos.
Así, salí de la cocina, pasé por el pasillo y descendí los dos
escalones que separaban ese sitio de la sala la cual ya estaba iluminada por
ese haz de luz que a esa hora se filtraba por el ojo de buey, mi mamá iba atrás
de mí y yo me esperé a que mi mamá abriera la aldaba de la puerta de madera
color azul verde, pasé por el patio de los limones, el pasillo junto al
cuartito, luego el pasillo principal, el cancel y hasta llegar a aquella pesada
puerta de madera. Todo ese recorrido, que no era nada corto lo pasé como
volando, me sentía henchido de emoción y orgulloso por el regalo que mi papá me
había dado.
Este es el recuerdo que a 31 años tengo del primer día que
mi mamá me llevó a la escuela, una que estaba en la calle independencia, justo
a la vuelta de la casa, ahí pasaría mi primer año escolar y complementaría la
preparación que mi mamá me había dado en casa, esto es aprender a escribir y
conocer los números. Quizá por lo grato de esa experiencia es que aún sigo en
la “escuela”. Pero ahora compartiendo lo que otros me han compartido a mí, lo
cual me reconforta… Estamosencomerciales!









