Tres vocales fuertes E E O. Más que una palabra suena como una orden: golpea, lacera, ese es mi nombre. Honesto, me dijo un filósofo, significa honesto en germano: mi amigo germano, refiriéndose a un filósofo alemán de nombre Ernesto.
Yo soy el segundo Ernesto de mi familia, el primero es mi padre, que lo recibió porque mi abuelo le quería tributar un reconocimiento al mejor de sus amigos, un alemán apellidado Kilian, Ernesto Kilian.
Durante mi infancia, este nombre me daba orgullo, uno muy tonto, durante mi etapa escolar, incluso en el posgrado, nunca coincidió que hubiera otro Ernesto. En la preparatoria, sólo fueron unos instantes, el mismo día de inicio de clase recibió la notificación del cambio de salón. Cerca la bala.
Ayer fue mi santo, cumpleaños de mi papá, quien nació el día que se venera a San Ernesto Obispo, un santo de origen alemán. No le llamé papá felicitarle, a mi papá, no al santo.
Apenas la noche previa recordaba, mientras sorbía una cerveza, que él es uno de los autores de mis traumas vitales, y cómo, para mi infancia, tenía la magia de llevar mi día genial en uno infernal. El me decía que era yo con mis actitudes. Debía ser, yo sólo tenía 6 años.
La relación con mi padre no podría ser mejor. Le admiro y quiero, pero a pesar del tiempo, hay cosas con las que no puedo, y eso me hace estar lejos. Le quiero, pero también lejos. Quizá sea por que somos tan parecidos.
Entre las cosas que recordaba el pasado domingo, es que algunas enfrentatas que tuve con él, le había llevado a una confrontación tan orgánica que incluso lo había hecho llorar, no eran las malas palabra, ni gritos, pues nunca las hubo, no de mi parte, pero el debatir y confrontar con conceptos, ideas y al verse rebasado por un niñato de 17 años, simplemente se puso a llorar. No me enorgullezco, pero fue así.
Recuerdo que entre sollozos me dijo que a él le habían hecho su infancia un infierno y que su tarea principal era evitarnos que nosotros padeciéramos lo mismo. Horadé más la herida: le dije que lástima, no lo había logrado.
Él es el hombre con quien más a gusto platico, y le siento cómodo hablando conmigo. Hablamos de mucho, pero poco de nosotros. Sus temas de autoconocimiento, de la causa máxima del ser, de hombre y sus distintos planos, esos temas lo solazan. Los míos son el raciocinio y lo tangible, pero no puedo negar que hay puntos de unión entre su estructura mental y la mía, soy cuña de ese gran tronco.
Me llamo Ernesto y es gracias a él. Su máxima herencia es el amor al conocimiento a través de la lectura. Soy su máxima creación y él lo ve y por sus amigos sé del orgullo que siente por mi que hacer. He tenido la oportunidad de, mostrándole la impresión de mi nombre en alguna de mis publicaciones, decirle: Y también tu estas ahí, pues ahí estas tú.
Ernestos somos, y eso me llena de orgullo, al menos de mi parte no hay un tercero, en línea directa. Al respecto he dicho, no quiero un pince Ernestito que me eche en cara mis hierros.
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