
De las cosas que recuerdo de mi primera visita al Convento de Valenciana fue lo majestuoso del conjunto arquitectónico; ese contraste que guarda por un lado la sobriedad del convento y por el otro lo rebuscado de la decoración del las distintas fachadas de la iglesia.
Fue un martes por la tarde, como a las diez y siete horas. Fui con mi cómplice de mil batallas Jesús Mendoza, un día antes del examen de admisión. Mi cuarto intento por estudiar una licenciatura, en lo que fuera. Quizá por eso llegué a
Al día siguiente, muy de mañana entré por vez primera a ese recinto (debo hacer mención que fue otro buen amigo Polo –Adrián Delgado- el encargado de comprar la ficha para sustentar mi examen de admisión, por eso yo no conocía el edificio). Incluso he de decir que tampoco sabía qué carreras se impartían en esa facultad. Estaba en la creencia que estudiaría Filosofía y letras, así, en bloque, como si fuera una sola carrera. Ya ahí supe que también impartían la carrera de Historia, del cual me titulé hace ya cinco años.
Por primera vez cruzaba esa puerta de madera y subía por una escalera de caracol que da al patio principal del convento. Dos pozos decorados por gárgolas humanas quienes se apostaban en dos niveles: unos sentados en su base y otros más encaramados en el borde del brocal. Cuantas mañanas de los fríos febreros pasaría en esos pozos, desde los que se podían apreciar los arcos de distintos tamaños. A leguas se nota que el convento fue hecho con poca planeación o bien la persona que lo intervino en los años sesenta destruyo parte de la partida arquitectónica original. Sea como fuere es impresionante ese patio, sobre todo por la vista hacia la sierra de Santa Rosa o bien las nubes gordas cual algodones blancos o incluso la vista hacia la cúpula que es un remate visual de ese patio.
Ya luego conocería lo que es verdaderamente importante de ese edificio, Doña Mary y sus quezadillas, sus tapiocas, sus flanes, sus galletas con até de membrillo, pero sobre todo su aromático café de olla que aromatizaba la entrada al convento. Mesas circulares, sillas de baqueta y al centro unos candelabros de barro con los lagrimones de parafina de velas que ya se habían quemado. Doña Mary siempre tenía una sonrisa, una palabra de ánimo, un consejo y una quesadilla para quien lo necesitara. Siempre le estaré enormemente agradecido por aquellas charlas y las doraditas quesadillas de papa y nopales.
De esa primera impresión queda la mayoría de los elementos, y eso es importante mencionarlo pues ya han pasado doce años. Pocas cosas son las que se han modificado, por ejemplo ahora el cancel que dividía la entrada principal del café ha pasado al lado derecho, por lo que se ve más amplio ese espacio. Lamentablemente ya no está Doña Mary. Otra gran modificación fue el depósito de agua de los pozos, otrora gran auditorio de la facultad y que ahora le han cambiado sus maderos que servían de bancas por butacas de teatro; sin duda ahora es más cómodo, pero creo que perdió su esencia, con todo y que el grabado de la recua de mulas sigue en su sitio. El segundo depósito vecino de lo que es el auditorio y que sirviera para hacer las fiestas de bienvenida y graduación en los años sesentas, sesentas a ochentas y que yo en lo personal usé como sala de exposiciones, ahora es un par de auditorios, en verdad feos.
Es sorprendente que si bien las cosas ahí están, un poco cambiadas, pero ahí quedaron y quedarán; las personas también estén, no en persona pero si personificadas y me explico. Algo que nunca entendí o lo que me parecía más folclórico de la facultad donde estudie era los estudiantes de semestres anteriores, completamente ensimismados con su ambiente parecían disfrazados para una película agogó y mis compañeros, que cuando hicieron su examen de admisión se me hicieron como cualquier chavo salido de prepa a finales de los años noventa, con los meses, habían adoptado una moda diría excéntrica: morral, guarache, pantalón de mezclilla o manta y playeras muy desgastadas, teñidas en casa o de manta con deshilados o bordados cuasi-autóctonos. Mis compañeras, que cuando llegaron lucían una oblonga y larga cabellera ahora se habían cortado el pelo y tal como se levantaban iban a la escuela. ¿Qué les había pasado? Pocos fuimos los que no le entramos a ello, quizá sería porque esa moda, era más cara que comprar playeras y pantalones de mezclilla normales, que fue el atuendo que siempre usé, algunas veces complementado con camisa desabotonada, y debajo playera negra, quizá esa fue mi manera de demostrarle al mundo mi rebeldía.
Pues bien, he regresado poco a Valenciana en los últimos siente años. Pero ahora que estuve ahí, cerca de una hora sentado en una de las bacas que circundan el deambulatorio del patio principal, pude observar que la moda no ha cambiado. Parecería que en lugar de examen de admisión hacen casting que lo que busca es el suplir a los individuos y de esa forma no cambien los habitantes y por ende la esencia de
En mi mente queda la idea de qué pensará Edmundo Jacobo Molina, cuando algún día regrese a la escuela que dejó allá por los años setenta y vea que la moda que él y sus compañeros impusieron continua vigente. Espero que algún día lo sepamos.

En nuestra vida tenemos la oportunidad de regresar. Las escuelas en las que me formé ocupan un lugar muy importante en mi vida y las recuerdo con cariño, más un lugar como La Valenciana en la que podría decir que viví por un poco más de cinco años. Un espacio que evoca momentos, personas y vivencias. Regresar significa recordar y volver a vivir un eterno retorno al pasado, que para bien o para mal forma parte importante de mi realida, de lo que soy. Recordar me es difícil pero grato, en fin, por lo pronto… ESTAMOSENCOMERCIALES.
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